• Isaac Román

La generación distraída

Es más fácil darles un celular que darles tiempo. Es más fácil distraerlos con una pantalla que atraerlos con juegos en el parque. Solemos escuchar a los adultos decir que los niños de ahora nacen con más energía que antes, incluso que parece que tienen un chip tecnológico que los hacen girar la mirada hacia todo tipo de pantallas. Pero si lo piensas con detenimiento de seguro llegarás a la misma conclusión a la que he llegado: estamos equivocados.



No son los niños “de ahora” los que han cambiado, somos los demás; quienes cambiamos el mundo y nos dejamos cambiar por la tecnología. Cualquier niño en cualquier época de la historia hubiera clavado su mirada directamente en cualquier pantalla si lo hubiéramos expuesto a ella. Sencillamente porque los movimientos, los colores y los sonidos son atractivos para cualquier niño.


La diferencia está en que hace algunos años lo que tenían nuestros abuelos eran sus manos, carritos de madera, muñecas de trapo y cascabeles para llamar la atención de los menores, consideraban una responsabilidad ocuparse de ellos e inventarse canciones para ayudarles a divertirse durante el día, ahora no tenemos tiempo ni esos juguetes de antaño, pero tenemos pantallas y si las tenemos a ellas ¡¡no necesitamos más!!


Es fácil distraer a un niño con una pantalla. Sorprendentemente para cualquier padre, exponerlos a las pantallas los tranquiliza (no es así pero es lo que parece), entonces, como la fatiga del día es tanta y las cosas importantes que hay que atender están en lista de prioridades, nada mejor que una pantallita para dedicarle tiempo a lo “verdaderamente importante”.


Necesitamos distraer a los niños para cumplir los compromisos importantes, entonces ¿no son importantes nuestros hijos? Distraer es una palabra peligrosa, significa separar, alejar, distanciar. Es una término que lleva una connotación de separación. Y es eso lo que hacemos cuando le damos a los chicos una pantalla para que se calmen, los separamos, no solo del ambiente familiar o social sino de nuestros corazones. Inconscientemente les transmitimos la idea de que no son tan importantes como para tenerlos cerca, por eso los distanciamos.


La manera que hemos encontrado para “calmar” a las nuevas generaciones es conectándolos con el internet, ignorando la realidad de que más bien estamos desconectándolos de todo. Cuando los niños se hacen adolescentes y empiezan a independizarse (como norma natural para la autoestima y la identidad) ya se sienten tan lejos de los papás que su diferenciación tiene más que ver con la sociedad que con la familia. Entonces buscan modelos absurdos para destacarse en un mundo en el que todos están intentando hacer lo mismo y en donde, para poder sobresalir y “ser alguien”, hay que llevar los retos a los extremos.


Las pantallas no son el problema, el problema es cuando las pantallas sustituyen a los papás. El internet no es el problema, el problema es cuando el internet educa a los niños. La tecnología no es el problema, el problema es cuando la tecnología distrae a los hijos de los padres. Los niños de ahora no son el problema, el problema somos los padres que ya no tenemos tiempo para lo más importante.


Tenemos que re-pensar el uso que le damos a las pantallas en casa (y fuera de casa), lo que podría ser una herramienta valiosísima para sobrevivir en un mundo globalizado se está convirtiendo en un arma de destrucción familiar. Tenemos que volver al museo de la vida y ver en la historia cómo la educación en casa, el tiempo de calidad y la unidad familiar formaron mejores individuos y construyeron puentes para la felicidad y la realización del ser humano.


Fácil no es, o más bien sí que lo es. Es fácil cuando tienes que escoger entre lo peor y lo mejor porque sabes que sin duda prefieres lo mejor. Es fácil decidir entre tus hijos y todo lo demás, porque nada vale tanto como ellos. Es fácil retomar el rumbo perdido cuando le damos valor a lo realmente importante. Pero si nuestros valores están invertidos vaya que sentiremos que es difícil; por eso sobreponemos la cantidad de cosas sobre la calidad de tiempo. En el afán de traer cosas distanciamos a las personas.


Devolvámosle el valor a las personas, al tiempo con los hijos. No dejemos que las pantallas ocupen el lugar de los papás porque al final, cuando estos exijan respeto, obediencia y cariño lo que obtendrán es…distancia.


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