• Isaac Román

La Iglesia del futuro

Su fama solo era más grande que su nombre. Su sola presencia imponía respeto. Su palabra era una orden. ¡Y lo merecía! Su espada había degollado innumerables guerreros. Todo la sangre que había salpicado en su escudo era una huella de victoria. Una vez más salió al frente de la batalla. Valiente. Seguro. Salvaje. Su mirada llevaba sello de triunfo. Su caminar eran pasos de victoria. Gigante.



Sin temor a la batalla y acumulando años de práctica, sorteaba las espadas enemigas más por su experiencia que por su habilidad. Los años aumentan la sabiduría del corazón pero disminuyen la destreza del cuerpo. No había descuido ni distracción pero empezó a faltarle la fuerza. El sudor corría por su frente y la armadura se hacía más pesada que de costumbre. Cargar su terrorífica espada ahora le llevaba más trabajo.


Un adversario de contextura enorme notó que el grandioso rey se había cansado y aprovechó la oportunidad. Peleó con él no para matarlo sino para cansarlo. No le costó mucho trabajo. En minutos consiguió verlo rendido y entonces levantó su espada para acabar, de una vez por todas, con la grandeza de un rey, su nación y su Dios.


Quizás identifique la historia. Es la historia de la Iglesia. Nuestra Iglesia, la Iglesia de Dios. Valiente, segura, gigante. Ha enfrentado cada batalla con firmeza, sin quebrarse. Los años la han desgastado. Su espada ha conquistado enemigos y ha peleado batallas históricas, pero los años han pasado y la fuerza empieza a faltar.


Pero la historia no termina ahí. Cuando la espada estaba por caer sobre el gran rey David, otra espada atravesó desde la espalda al atacante. Un soldado más joven que había salido con David a las batallas y había aprendido a matar gigantes como lo hacía su rey, salió en defensa de la luz más brillante de Israel. Abisai, uno de sus soldados, acababa de salvarle la vida.


Pero Abisai, hijo de Sarvia, llegó al rescate de David y mató al filisteo. Entonces los hombres de David declararon: «¡No volverás a salir con nosotros a la batalla! ¿Por qué arriesgarnos a que se apague la luz de Israel?».

(2 Samuel 21.17)


David no podía morir en batalla, eso representaría la caída de una nación. Él debía morir entrado en años, en su palacio, preparando al sucesor y transmitiéndole su sabiduría. Ya el ejército contaba con soldados preparados para enfrentar las batallas y para conseguir la victoria. David debía dedicarse al relevo, no a estar al frente de la guerra. De mantenerse al frente, ejerciendo las mismas funciones, su legado se perdería.


La Iglesia experimenta una situación semejante cada cierto tiempo. Necesita sufrir un relevo. Y sí, es un sufrimiento. La misma estructura sufre. Pero es un sufrimiento inevitable. Como el de una madre al dar a luz, como el de una herida que se limpia antes de sanar, como el de un niño al crecer. Si los líderes no dan un giro a su posición corren el riesgo de exponer su legado y afectar a muchas personas. La Iglesia solo sobrevive cuando las nuevas generaciones son entrenadas para asumir el liderazgo.


No estoy de acuerdo con jubilar a todos los pastores, diáconos y líderes (en el propósito de vida nadie se jubila); más bien creo que el cambio debe darse en los roles que ellos desempeñan. Ya no tienen la misma fuerza y adaptación que antes tenían. No se puede menospreciar su trabajo ni desechar por su rigidez, son fundadores que merecen honra pero que, debido a los años de servicio, ahora deben entrar a un nivel de entrenadores, no de jugadores. Su sabiduría no se puede perder con ellos pero su autoridad debe ser delegada para que la vida de la Iglesia se mantenga contagiosa y sea efectiva a la nueva generación.


David no debía dejar de ser rey, debía cambiar su rol y asumir uno diferente. Su rol de conquistador, guerrero y luchador debía ser delegado en una nueva generación que podía seguir ganando batallas, que podía seguir conquistando a las nuevas generaciones de gigantes. Los gigantes eran soldados nuevos, jóvenes, fuertes y seguramente con un nivel mejorado de entrenamiento que sus antecesores, pero David era el mismo; más sabio, sí, pero más lento y menos fuerte.


Eso es un relevo. Es permitir que las nuevas generaciones asuman un rol protagónico mientras mantenemos la honra y el servicio a los antecesores. Mientras aprendemos a seguir sus principios y a aplicarlos a la realidad de la sociedad. A la Iglesia no puede pasarle lo mismo que le pasa a los sistemas educativos: el mundo cambió pero la escuela sigue siendo la misma, entonces preparamos a una generación que no conocemos para enfrentar un mundo que ya no existe.


La Iglesia tiene que reinventarse. Tiene que ser capaz de ofrecer una respuesta a las necesidades del nuevo mundo, no del que ya pasó. Los tiempos son nuevos y el cambio es tan acelerado que no nos da tiempo de acostumbrarnos a casi nada.


¿Nuestra ventaja? Seguimos los principios de una Biblia que no está limitada en el tiempo, ha sobrevivido y construido la historia. Sus principios son para hoy tanto como fueron para ayer y lo serán para mañana. No creemos en dogmas temporales sino en verdades eternas. Entonces lo que nos quedamos rezagados fuimos los cristianos, no Cristo; lo que se quedó atrasada fue nuestra creencia, no la verdad.


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