• Isaac Román

Relevo Generacional

La Iglesia debe cambiar porque su misión es trascendental: ser portador de la luz de Dios, testificar del poder transformador de la cruz y llevar la gracia de Dios a los confines de la tierra. La Iglesia es esperanza, fe, consuelo, libertad, amor, sanidad. Valores que no estamos logrando reflejar en el mundo posmoderno porque nos están faltando algunas cosas; nos está faltando hacer un relevo generacional.



Conversaba con algunas de mis hermanas acerca de la Iglesia y lo necesario que es hacer un relevo generacional que nos permita ser cristianos relevantes al mundo actual. Con eso no me refiero a ningún movimiento en particular sino a un sentir que está en nuestro corazón y que más que un sentir es como un fuego que se enciende cada vez más.


Hablamos como una generación intermedia que creció con los líderes actuales pero que en ocasiones siente que el relevo no se ha logrado hacer, al menos no del todo. El mundo está cambiando cada minuto pero a la Iglesia le toma meses hacer cualquier cambio. De esa conversación surgieron estas conclusiones que quiero compartirte:


1. Necesitamos de la generación anterior para conservar la esencia de la palabra y necesitamos de la juventud para actualizarnos y alcanzar a la nueva generación.

Ningún relevo ocurre cuando se desprestigia o rechaza a alguno del equipo. Tanto el que entrega la batuta como el que la recibe es importante. Cada uno debe hacer su parte. Cada uno debe correr su distancia lo mejor que puede. Si quien recibe critica al que la trae o este critica al que recibe, ambos pierden tiempo valioso. El relevo generacional en la Iglesia debe darse en equipo. En el reconocimiento del valor de los que aporta cada generación.


2. La Iglesia, al estar integrada por personas imperfectas, siempre será imperfecta pero al estar dirigida por un Dios Santo siempre se estará santificando.

He aquí lo medular a entender: ningún proceso de cambio puede mofarse de la etapa anterior porque cada una cumplió el propósito que exigía el momento. Y lo hizo entre errores y aciertos porque aquellos que formamos parte de la Iglesia somos imperfectos. El cambio no se debe dar por el fracaso de la generación anterior sino por las necesidades de la generación actual (y la futura). Tenemos que mantener claro el enfoque y saber que seguiremos siendo santificados entre errores y aciertos.


3. La Iglesia es de Dios y él moverá su poder como siempre lo ha hecho, de generación en generación.

No somos los promotores del cambio, tan solo somos los instrumentos que Dios está usando para provocarlo. Todos servimos al mismo Dios quien es el diseñador de la Iglesia, la que él ama y por la que dio a su Hijo. Cada etapa de la historia ha desafiado a la Iglesia y ésta ha sabido responder. Ya lo hizo antes y lo hará ahora.


4. Que Dios nos ayude a escuchar a nuestros hijos cuando crezcan y sientan que no estamos cambiando, cuando estamos dejando de ser relevantes a la sociedad.

Hoy nos toca a nosotros proponer los cambios según lo que estamos viviendo. Conocemos este mundo porque nos ha tocado vivir en él. Un mundo de tecnología, de ideales líquidos y de posmodernidad. Mañana habrá otro mundo que nuestros hijos vivirán y nos tocará a nosotros ocupar el lugar que hoy tienen nuestros padres. Serán nuestros hijos quienes tengan las nuevas, y para nosotros incómodas, propuestas de cambio; tenemos que ser lo suficientemente conscientes y maduros para apoyarnos en ellos y favorecer el relevo correspondiente.


5. Dios va a defender su Iglesia a toda costa, aun de nosotros mismos.

La Iglesia es de Dios. Es mucho más grande que lo que cualquiera de nosotros podría dañar o construir. La Iglesia estaba antes que llegáramos y seguirá estando cuando nos hayamos ido. Nosotros somos solo una parte en la historia de la Iglesia. La Iglesia le pertenece a Dios. No importa si alguien se siente dueño de una Iglesia, si es una Iglesia de Dios, le pertenece a él y él la defenderá, la renovará y la levantará según sus planes porque si nadie puede derrotar al Dios de la Iglesia, nadie podrá tampoco destruir a la Iglesia de Dios.


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