La generación distraĆda
- Isaac RomƔn
- 11 feb 2020
- 3 Min. de lectura
Es mĆ”s fĆ”cil darles un celular que darles tiempo. Es mĆ”s fĆ”cil distraerlos con una pantalla que atraerlos con juegos en el parque. Solemos escuchar a los adultos decir que los niƱos de ahora nacen con mĆ”s energĆa que antes, incluso que parece que tienen un chip tecnológico que los hacen girar la mirada hacia todo tipo de pantallas. Pero si lo piensas con detenimiento de seguro llegarĆ”s a la misma conclusión a la que he llegado: estamos equivocados.

No son los niƱos āde ahoraā los que han cambiado, somos los demĆ”s; quienes cambiamos el mundo y nos dejamos cambiar por la tecnologĆa. Cualquier niƱo en cualquier Ć©poca de la historia hubiera clavado su mirada directamente en cualquier pantalla si lo hubiĆ©ramos expuesto a ella. Sencillamente porque los movimientos, los colores y los sonidos son atractivos para cualquier niƱo.
La diferencia estĆ” en que hace algunos aƱos lo que tenĆan nuestros abuelos eran sus manos, carritos de madera, muƱecas de trapo y cascabeles para llamar la atención de los menores, consideraban una responsabilidad ocuparse de ellos e inventarse canciones para ayudarles a divertirse durante el dĆa, ahora no tenemos tiempo ni esos juguetes de antaƱo, pero tenemos pantallas y si las tenemos a ellas ””no necesitamos mĆ”s!!
Es fĆ”cil distraer a un niƱo con una pantalla. Sorprendentemente para cualquier padre, exponerlos a las pantallas los tranquiliza (no es asĆ pero es lo que parece), entonces, como la fatiga del dĆa es tanta y las cosas importantes que hay que atender estĆ”n en lista de prioridades, nada mejor que una pantallita para dedicarle tiempo a lo āverdaderamente importanteā.
Necesitamos distraer a los niños para cumplir los compromisos importantes, entonces ¿no son importantes nuestros hijos? Distraer es una palabra peligrosa, significa separar, alejar, distanciar. Es una término que lleva una connotación de separación. Y es eso lo que hacemos cuando le damos a los chicos una pantalla para que se calmen, los separamos, no solo del ambiente familiar o social sino de nuestros corazones. Inconscientemente les transmitimos la idea de que no son tan importantes como para tenerlos cerca, por eso los distanciamos.
La manera que hemos encontrado para ācalmarā a las nuevas generaciones es conectĆ”ndolos con el internet, ignorando la realidad de que mĆ”s bien estamos desconectĆ”ndolos de todo. Cuando los niƱos se hacen adolescentes y empiezan a independizarse (como norma natural para la autoestima y la identidad) ya se sienten tan lejos de los papĆ”s que su diferenciación tiene mĆ”s que ver con la sociedad que con la familia. Entonces buscan modelos absurdos para destacarse en un mundo en el que todos estĆ”n intentando hacer lo mismo y en donde, para poder sobresalir y āser alguienā, hay que llevar los retos a los extremos.
Las pantallas no son el problema, el problema es cuando las pantallas sustituyen a los papĆ”s. El internet no es el problema, el problema es cuando el internet educa a los niƱos. La tecnologĆa no es el problema, el problema es cuando la tecnologĆa distrae a los hijos de los padres. Los niƱos de ahora no son el problema, el problema somos los padres que ya no tenemos tiempo para lo mĆ”s importante.
Tenemos que re-pensar el uso que le damos a las pantallas en casa (y fuera de casa), lo que podrĆa ser una herramienta valiosĆsima para sobrevivir en un mundo globalizado se estĆ” convirtiendo en un arma de destrucción familiar. Tenemos que volver al museo de la vida y ver en la historia cómo la educación en casa, el tiempo de calidad y la unidad familiar formaron mejores individuos y construyeron puentes para la felicidad y la realización del ser humano.
FĆ”cil no es, o mĆ”s bien sĆ que lo es. Es fĆ”cil cuando tienes que escoger entre lo peor y lo mejor porque sabes que sin duda prefieres lo mejor. Es fĆ”cil decidir entre tus hijos y todo lo demĆ”s, porque nada vale tanto como ellos. Es fĆ”cil retomar el rumbo perdido cuando le damos valor a lo realmente importante. Pero si nuestros valores estĆ”n invertidos vaya que sentiremos que es difĆcil; por eso sobreponemos la cantidad de cosas sobre la calidad de tiempo. En el afĆ”n de traer cosas distanciamos a las personas.
DevolvĆ”mosle el valor a las personas, al tiempo con los hijos. No dejemos que las pantallas ocupen el lugar de los papĆ”s porque al final, cuando estos exijan respeto, obediencia y cariƱo lo que obtendrĆ”n esā¦distancia.
